EL BLUES DE BEALE STREET

Impotencia

Decíamos entonces, cuando comentábamos el anterior filme de Jenkins, que se trataba de un largometraje difícil en el que nos costó entrar. Pero una vez en sus entrañas, terminó por encandilarnos. En esta ocasión nos ha sucedido exactamente lo mismo. Con El blues de Beale Street nos situamos en Estados Unidos, años 70. El escritor Jame Baldwin lo ideó en su Harlem natal pero el lugar, visto desde los ojos de entonces, resulta irreconocible en la actualidad. El cineasta Barry Jenkins se ha situado en el emplazamiento que más le ha interesado para sus fines. Y procura establecer un panorama que sea útil para cualquier población sometida a la invisibilidad y persecución por el color de la piel.  Podría ser Memphis, Jackson o la misma Harlem, eso no importa. Lo trascendente es que pudiera tratarse de cualquiera de las ciudades y las calles que soportaron la discriminación y la persecución racial, rodeadas de pobreza y brutalidad. Los protagonistas son una pareja muy joven: Tish y Fonny. Están interpretados por Kiki Layne y Stephan James. La película se narra desde su perspectiva y destaca de manera fundamental por las cualidades estéticas. 

Tras la premiada película del 2016, Moonlight (no nos olvidamos que algún que otro Óscar llegó “por los pelos”), el realizador estadounidense Barry Jenkins vuelve a la dirección. Y lo hace acompañado prácticamente por el mismo equipo. Como ejemplo, con el fotógrafo James Laxtor o con el responsable de la banda sonora, Nicholas Britell. Y también recurre a un guion adaptado por él mismo, en esta ocasión de la novela If Beale Street Could Talk de James Baldwin. Publicada en Nueva York en 1974, el literato se caracterizó y dedicó su existencia a la lucha por los derechos civiles de la comunidad afroamericana y el reconocimiento y legalización de la homosexualidad. Una vida volcada, en definitiva, por la búsqueda de la igualdad legal y real.

El blues de Beale Street Foto 1

El realizador Barry Jenkins, junto con su equipo, vuelve a utilizar una fotografía que sobresale por saturación. Nos impacta con la combinación de colores imposibles, como el rojo y amarillo (por mucho que algunos se empeñen, es lo que hay). Con el choque de colores llevados a la máxima intensidad, transitamos por historias importantes contadas desde la sencillez y con primeros planos que apabullan. Tish y Fonny están enamorados, conservan la energía de la juventud, atesoran demasiadas ilusiones, pocos medios y un proyecto en común. Pero tienen un serio problema: son de raza negra. Y no se puede escapar del entorno, resulta hartamente difícil. Incluso un atropellado y nimio incidente puede amargar no solo el momento, sino también casi o toda la existencia. 

En realidad, nos encontramos ante una historia de amor, la de Tish y Fonny. Un relato sobre la atracción física y psíquica incondicional. Pocas veces hemos visto en la ficción (y ya no hablemos de la realidad), una pareja tan unida en una cohesión sin fisuras, pase lo que pase o pese a quien pese. Si en los primeros momentos parece rozar los límites de los soportable en empalago, esa barrera se traspasa sin apenas despeinarse. Creemos que estamos ante una película que se encuentra entre las mejores que manejan la belleza y la intensidad del amor, al menos por lo que recordamos. Basta con quedarse en esas miradas ente los jóvenes, llenas de pasión, con una vehemencia que no se limita al universo de los protagonistas. Contemplaciones y reconocimientos que cuentan con primerísimos planos, vistas a cámara sin precaución alguna y añadiendo el recurso, cuando el director lo cree necesario, de la ralentización, además de la voz en off. Una historia que nos traslada inmediatamente a los melodramas de Douglas Sirk, con esos testamentos barrocos como por ejemplo Solo el cielo lo sabe (All that Heaven Allows, 1955), Escrito sobre el viento (Written on de Wind, 1956) o Imitación a la vida (Imitation of Life, 1959). 

El blues de Beale Street Foto 2

El guion está elaborado sin prisas. Tampoco es lineal. Lo actual se combina con recuerdos del pasado de Tish, referentes a su relación con Fonny. Analepsis que nos informan de las razones y las circunstancias que explican los duros caminos que vamos atravesando. Maravillosa narración de amor, que destaca por su delicadeza en adentrarnos en sentimientos que pueden llegar a convertirse en pura expresión de dolor o valentía, hasta llegar al callejón de la impotencia. 

Y a pesar de todo, lo que más nos ha interesado ha sido la visita (otra más, sí, nunca serán suficientes) por los caminos de la segregación racial imperante durante muchas décadas en Estados Unidos. Un pozo repleto de heridas que apenas empezó a rascarse precisamente a lo largo de los años en que se desarrolla el filme de Jenkins. Un racismo que dominaba el comportamiento no solo de blancos impresentables sino también de instituciones del estado y por descontado, de sus representantes. Unos verdaderos agujeros llenos por excrementos de los que en la práctica era imposible alejarse sin ser succionado sin remedio. Una vez dentro, ya no caben “trapichuelas” varias, súplicas arrolladoras u honestidades en busca de complicidad. Da igual aquellos principios del derecho penal que impiden que sea el imputado o acusado el que tenga que justificar su inocencia y obligan a la acusación a demostrar la culpabilidad. No, eso no importa. Y si eres negro, menos. 

El blues de Beale Street Foto 3

El director nos regala en este filme escenas inolvidables. Entre ellas, destaca aquella  en la que la  madre de Tish se deshace llorando, entre el desconsuelo propio y la  podredumbre de una blanca que únicamente es capaz de mirarse el ombligo. O la entrevista con el abogado, también de raza blanca, por supuesto, de poco mostrarse, estirado y a lo suyo, al reclamo del vil metal para que pueda moverse algo. Y nos acordamos también de esa escena casi al inicio, rozando lo teatral, en una habitación de muy pocos metros cuadrados. Un enjambre de familias atrapadas entre demasiados rezos, muchos espíritus santos y abundantes alabanzas a ese dios que siempre recordamos y llamamos pero frecuentemente tiene la manía de dar la espalda.

Barry Jenkins, obra a obra, se va destacando como un magnífico director de actrices y actores. En El blues de Beale Street, consigue que sobresalgan todos sus intervinientes. Por supuesto, además de la pareja protagonista, desprendiendo ese profundo amor que cala y trasciende, destaca también de manera emocionante Sharon, la madre de Tish, interpretada por Regina King. Encarna a una progenitora de gran coraje y enorme corazón. Además, sabe estar en el sitio que le corresponde en cada momento. Si hay que dar cariño, se da, si lo que se reclama es el  apoyo se hace; y si lo que toca es poner la cara y suplicar a cualquier arpía que no se lo merece, pues a por ello, que lo importante es el resultado, aunque se pida perdón por culpabilidades ajenas. Y no hay que olvidarse tampoco de la exquisita banda sonora, cuidada al máximo con melancólicos sonidos. Serenamente, envuelve todo el drama de forma suave. Gran acompañamiento para la lucha contra el destino ubicada desde la paciencia, la entrega y el inmenso amor por los seres más cercanos a los que nunca se deja de querer y apoyar, vengan por donde vengan los vientos.  

El blues de Beale Street Foto 4

El realizador ya hemos visto que no teme el ritmo moroso de sus propuestas y el efecto que puede provocar en el público. Parece, por lo visto hasta la fecha, que ha encontrado su espacio y su forma de captar la imagen. Y el resultado es asombrosamente bello, un ejercicio que debe saborearse lentamente y sin prisas. Y además, hay denuncias, las hay, no las pasen de largo. Quizás, le faltaría encontrar el momento más adecuado para cerrar su balada. Nosotros hubiéramos apostado por aquel en el que el protagonista se levanta, frente a su amada, y desaparece magullado y borroso de la escena. Es una idea, como cualquier otra. En todo caso, lo importante en este largometraje no es la cantidad de información que facilita, sino la delicia en demorarse mientras se asimila y se palpa el amor, el infortunio, la corrupción y la inmundicia. Mientras tanto, la pantalla se va llenando de universos poéticos, escena a escena, empeñada en contarnos existencias cortadas de raíz o suspendidas en el limbo carcelario.

Tráiler:

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