FESTIVAL DE CINE DE VALLADOLID 2016

61 SEMINCI

El cine que nos gusta

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El Festival de cine de Valladolid, con el esfuerzo de su director ,Javier Angulo, y de todo su equipo, continúa apostando por el cine de autor, por las propuestas de contenido social y humano dentro de un marco amplio internacional, y por la búsqueda en la concienciación de la existencia de desigualdades y ausencias de derechos básicos en muchos puntos del planeta. Con independencia de la apertura a otros ámbitos en los últimos años de distinto calado, además de mantenerse sus interesantes Secciones de Punto de Encuentro y Tiempo de Historia, la Sección Oficial sigue programando propuestas que huyen de las grandes superproducciones, de los impactantes efectos digitales, del atronador estruendo que parece debe acompañar a dichas obras, y de las propuestas intrascendentes que únicamente buscan la mera diversión.
En esta edición, sin olvidarnos, por ejemplo, de los interesantísimos ciclos sobre los realizadores Richard Linklater o Abbas Kiarostami, y centrándonos en la Sección Oficial de Largometrajes, entre las propuestas llegadas de Oriente, nos sigue llamando la atención el triste y lamentable papel que continúa soportando la mujer en ese mundo, donde el sometimiento de género sigue muy en boga, lo que produce, en la práctica, la anulación de la ostentación de cualquier derecho básico por parte del mundo femenino. Dentro de este elenco, podríamos situar, en primer término, a la representante de Israel, Tormenta de arena (Sufat Chol), de la realizadora Elite Zexer, que retrata la poligamia, masculina, por supuesto, el sometimiento de las mujeres al marido, que es dueño y señor de disponer de la compañía de su esposa o de su “destierro”, y de la falta de libertad de las adolescentes en decidir su futuro, destinadas a matrimonios concertados, sin que sus preferencias o elecciones propias cuenten lo más mínimo, todo ello a propósito de los festejos nupciales del protagonista para contraer un segundo matrimonio, en una aldea beduina al sur de Israel.

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Continuando con esa parte del mundo oriental que nos sigue enfureciendo, no importa las veces que sea mostrado, podríamos añadir el filme iraní Hija (Dokhtar), de Reza Mirkarimi, en donde se nos enseña la falta de libertad de las jóvenes de aquel país, a pesar de la educación que al parecer reciben, en este caso a través de la figura de un padre autoritario, intransigente y hasta violento, en persecución de una hija con ansias de libertad. Siguiendo con ese mismo país, de Irán se presentó también en el Festival el largometraje de Asghar Farhadi, The Salesman (Forushande), esta vez a resultas de un desagradable incidente sucedido a la protagonista. En  la presente ocasión se trata de una mujer, que a pesar de pertenecer a un grupo social de un nivel intelectual y económico alto, saca a relucir la situación de terror que domina a todas las féminas. Y ello se evidencia en cuanto prefiere permanecer en silencio, a pesar de ser la víctima de un suceso deleznable, ante la inquietud de que el machismo existente termine dando la vuelta a la tortilla, convirtiéndola en sospechosa de “costumbres disolutas”, y acabe menoscabando su propio honor.
Dentro de este abanico oriental sobre la desigualdad de género, no queremos dejar de mencionar a las dos películas de coproducción india de la Sección Oficial. En una de ellas, Tierra de dioses (Dev Bhoomi), de Goran Paskaljević, volvemos a encontrarnos ante la imposibilidad de la mujer de elegir su propio destino, en un mundo de castas en una región del Himalaya. En la segunda, Anatomía de la violencia (Anatomy of Violence), de la realizadora Deepa Mehta, nos horrorizamos con la brutalidad que se ejerce contra las mujeres, en una indagación sobre las motivaciones de un grupo de hombres que cometieron una violación en grupo a una joven, basado en hechos reales, acaecidos en Nueva Delhi en el año 2012.

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Cambiando de registro, otro aspecto que destaca en los filmes presentados a concurso este año, es el importante número de obras centradas en las relaciones madres-hijos. Entre ellas, se encuentra la colombiana La ciénaga-Entre el mar y la tierra, de Manolo Cruz y Carlos del Castillo, protagonizada por una madre, Rosa, que debe cuidar de un hijo postrado en una cama a causa de una enfermedad neurológica, dentro de un entorno de intensa pobreza, y enfrentándose a las dificultades diarias con coraje, sentido del humor y comprensión. Una mujer que anda tras la persecución de lo que parece prácticamente imposible, guiada por un amor inmenso hacia su hijo, y en la búsqueda de sus deseos.
Otro retrato muy diferente de mujer se produce en la tunecina Hedi (Inhebek Hedi), dirigida por Mohamed Ben Attia, donde salen a relucir las miserias de su joven protagonista, sometido durante toda su vida a las decisiones de una madre dominante y posesiva, obviando con ello sus verdaderos anhelos e inquietudes, y evolucionando en esa presión no deseada, hacia una personalidad dubitativa y con graves problemas para la toma de decisiones vitales.

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Precisamente, dentro de este panorama de progenitoras, se encuentra una de las películas españolas presentada a concurso, La madre, de Alberto Morais, un seco y austero panorama de un adolescente de catorce años, que intenta sobrevivir sin la ayuda de los servicios sociales, ante una madre absolutamente abstraída, inestable, y en definitiva ausente. También en el título de la película de la realizadora brasileña Anna Muylaert, Madre solo hay una (Mãe só há uma), se nos adelanta el contenido de un filme basado en unos hechos reales ocurridos en Brasil, cuando a los diecisiete años un adolescente debe abandonar a la que creía su madre, para convivir con su familia biológica, al descubrirse que fue robado a su nacimiento. Un camino lleno de cambios no buscados, en una etapa de consolidación de personalidad e inquietudes. La película, recurriendo a la elipsis en lo que no le interesa, va directa a esa confusión que debe atravesar el chico, antes Pierre, ahora Felipe, en un momento de afirmación de identidad de género y con la constatación de que los lazos se producen con el contacto. Precisamente, ya internándonos en el Palmarés otorgado por el Jurado Internacional presidido por el chileno Matías Bize, la película brasileña se convirtió en una de las vencedoras de la edición, obteniendo el Premio a la Mejor Directora, y al Mejor Actor por la interpretación que Naomi Nero hace del adolescente protagonista.
Continuando con el elenco de premios otorgados, la película italiana Locas de alegría (La pazza gioia), del realizador Paolo Virzì, se convirtió en la gran triunfadora de la Sección Oficial, cosechando la Espiga de Oro como Mejor Película, el Premio de Mejor Actriz ex aequo a sus dos protagonistas, Valeria Bruni-Tedeschi y Micaela Ramazzotti, así como el Premio del Público. Es una película entrañable, que unió en gustos a jurado y público, dividió a la crítica, y también, dentro de su disparatado argumento, se deja en ella un hueco significativo a un grave trauma que ha causado y causa una relación de madre/hijo. El filme cuenta las disparatadas y dolientes aventuras de dos mujeres que se escapan de un centro psiquiátrico, en donde se encuentran internadas.

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Cambiando totalmente de registro, la Espiga de Plata del Festival la obtuvo la película argentina El ciudadano ilustre, de Gastón Duprat y Mariano Cohn, además del Premio por el Mejor Guion a Andrés Duprat. El filme describe la vuelta a su pueblo natal de Salas de un Premio Nobel de Literatura, regreso que depara situaciones y momentos de humor absurdo, que no eran precisamente los esperados.
Terminando con los principales premios otorgados en la Sección Oficial de Largometrajes, el estimable filme egipcio Clash (Eshtebak), se alzó con los galardones de Mejor Nuevo Director para Mohamed Diab, y Mejor Dirección de Fotografía para Ahmed Gabr. En ella, se encierra en un furgón policial, tras violentos disturbios acaecidos en El Cairo en el año 2013, dos después de la revolución egipcia, a distintos personajes, de muy diferentes convicciones religiosas y políticas.
Por lo demás, entre las diversas propuestas que pudimos disfrutar en la Sección Oficial, dejando aparte las insulsas y absolutamente prescindibles Maravillosa familia de Tokio (Kazoku wa Tsuraiyo), del japonés Jôji Yamada, y El rey de los belgas (King of the Belgians), representante belga de los directores Peter Brosens y Jessica Woodworth, nos gustaría destacar la película brasileña de Kleber Mendonça Filho, Doña Clara (Aquarius), que a pesar de abusar de metraje, cuenta con una excelente interpretación de Sonia Braga como protagonista. La actriz se apodera del filme, y consigue una actuación extraordinaria de una mujer con tremenda personalidad, independiente y culta, que inicia una enconada lucha para intentar seguir permaneciendo en su residencia habitual.

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