LA CHICA DESCONOCIDA

Compromiso

 La chica desconocida. Cartel y Ficha Técnica

Los hermanos Dardenne continúan en el camino de denuncia social que iniciaron con sus primeros largometrajes de ficción, a finales de los años ochenta, mostrando mundos que para la mayoría resultan, no ya paralelos, sino que incómodos, ignorados o desconocidos. Y desgraciadamente, mucha culpa de ello es que pertenecemos a la raza humana, una especie que se caracteriza, entre otras lindezas, por la búsqueda de la pura conveniencia, en un egoísmo en donde en primer término, en segundo, en tercero, y podríamos seguir, se encuentra el “yo”, nuestro propio bienestar personal y el de los nuestros (léase familiares directos o amigos íntimos, si nos alargamos un tanto). En ese componente se encuentra inmerso un sentimiento de cierta protección de derechos básicos, por haber nacido en un lugar determinado, que se niega sistemáticamente al que procede de cualquier otro lado, no vaya a ser que haya que repartir el pastel en porciones más pequeñas.

No es la primera vez que en nuestras críticas cinematográficas identificamos a la película con su protagonista: el filme sería incomprensible sin la misma (como último ejemplo, recordamos a María y los demás, de Nely Reguera, con la actriz Bárbara Lennie como María, que se adueña del largometraje hasta convertirse prácticamente en su principal y casi casi único baluarte). En La chica desconocida, también la mujer protagonista pasa a ser la película. Se trata de Jenny Davin, una joven doctora interpretada por Adéle Haenel. Todo el filme gira en torno a ella; la cámara la sigue, la persigue, la  contempla, se para para que le veamos circunspecta en sus sentimientos, atenta a su trabajo y al dolor físico y emocional de los pacientes. Tendrán que forzar la memoria para recordar alguna escena en que la misma no se encuentre presente.

 La chica desconocida. Foto 1

Jenny, como ya se ha adelantado, es una joven médica generalista, con consulta en un barrio periférico de Lieja, que vive y se desvive exclusivamente a través de su profesión, con la que se encuentra en un total compromiso, hasta el extremo, según quieren mostrar los Dardenne, o más acertadamente, dejar de mostrar, que carece de cualquier vida propia ajena a la práctica de la medicina. Ni pareja, ni amistades, ni familia. Nada de ello le ocupa un segundo en mantenerla alejada en la preocupación por atender de forma adecuada, con profesionalidad, educación, deontología, y mucha dedicación, a sus pacientes. 

El filme, en un guion que desarrolla una trama para buscar la identidad de una víctima, no la del culpable, elemento ciertamente no habitual, se basa en su origen en una mera anécdota, cuyo fallo o equivocación, si es que existe, se alarga demasiados minutos en dejar de prestar atención a quien no la busca dentro de las normas establecidas, para que lleguemos a identificarnos plenamente con la preocupación y angustia que envolverá a la protagonista, tras el hecho y su desenlace. Nos recuerda en demasía a la impresión que nos produjo la muy estimable obra húngara El hijo de Saúl (Saul fia, 2015), del realizador László Nemes, en donde el argumento arranca de la obsesión, por parte de un judío, miembro de los “Sonderkommando” en el campo de concentración de Auschwitz, para que el cuerpo de un niño tenga un entierro digno. Ambos acontecimientos iniciales, el de los Dardenne y el de Nemes, personalmente, nos cuesta creer que lleguen, en el entorno en que son enfocados, a la obsesiones, sentimientos de culpabilidad y búsquedas de soluciones muy peligrosas a los que son conducidos los personajes principales respectivos. En cualquier caso, esa  anécdota de falta de reacción de Jenny que desemboca los acontecimientos, entendemos que sirve como mera excusa para enfrentarnos a una mujer que se muestra perfeccionista, tenaz, muy respetuosa con las normas éticas que entiende deben dirigir toda su conducta, y por ello muy alterada por lo que considera consecuencias de fallos propios, que en ningún caso deberían haberse producido.

 La chica desconocida. Foto 2

De la doctora Jenny Davin, ya se preocupan los realizadores de que no conozcamos ningún origen o pasado, aunque sí se muestra al inicio del filme, ambición en la búsqueda del alcance de éxitos profesionales en puestos más lucrativos y prestigiosos que los que viene desarrollando su trabajo. 

En la película nos encontramos con mundos diversos y dispersos, que, como los realizadores belgas nos tienen acostumbrados, no son precisamente reflejados en pantalla con espectacularidad. De la mano de la médica, vamos a recorrer mundos como el de la prostitución, el de la soledad, el de la vejez, drogadicción o alcoholismo. Y también se busca el momento para reflexionar sobre vocaciones y proyectos futuros, no sabremos si finalmente frustrados, otro tema o empeño difícil de expulsar, que igualmente se incrusta como una piedra en el zapato de la protagonista. 

 La chica desconocida. Foto 3

Grande, muy grande, hemos encontrado a la interpretación de la actriz francesa Adèle Haenel, a la que ya conocimos y disfrutamos en la película Les combattants, de Thomas Cailley (2014), en donde, con su papel de Madeleine, esa fuerte mujer entrenándose para la supervivencia, ya consiguió el galardón de Mejor Actriz en los Premios César. En esta ocasión, en una actuación seria, reservada, sin necesidad de ningún gesto adicional que apoye esa interpretación majestuosa, nos regala el retrato de  una profesional comprometida, preocupada por sus pacientes como personas y no como simples números o seres anónimos a los que solo atendemos por su bronquitis, sin adentrarnos en otras preocupaciones o necesidades, que, por supuesto, y todos lo sabemos de primera o segunda mano, también afectan a nuestra salud global. Estamos ante una joven doctora que se muestra con un carácter rígido e inflexible, lo que a la postre le lleva a la angustia. ¿La vemos sonreír alguna vez?¿Desconecta en algún momento de su única motivación en la vida?

La puesta en escena resulta en su conjunto sobria, no en vano estamos hablando de Jean-Pierre y Luc Dardenne, y afortunadamente no han seguido a Groucho Marx y han cambiado sus principios. Si acaso, llama la atención la utilización de una cámara menos nerviosa que en otras obras suyas, pero sin dejar paso a complacencias en estética de belleza fotográfica. Como botón de muestra, mencionar que la banda sonora se limita a una sola canción, una hermosa composición de agradecimiento que se recibe con gratitud, pero sin dejar que se suba a la cabeza y haga que se pierda el norte. 

 La chica desconocida. Foto 4

Estamos hablando de una película que se centra en una profesional de la salud, en personas que además de efectuar adecuadamente su trabajo, se les agradece enormemente una mayor implicación en los diversos males que nos terminan afectando a todos, que acudan prestos cuando sientes desamparo por dolores y soledades, cuando no pierden la ocasión para movilizar otros recursos públicos en evitación de abandonos; estamos ante verdaderos ejemplos de dignidad humana, que por fortuna, la mayoría de la gente sigue agradeciendo enormemente, en la medida de sus posibilidades, y aunque ello solo alcance a ofrecer un trozo de torta que acabamos de confeccionar. Aquí, no se preocupen, no hay gallinas como gratificaciones extras (estamos en los suburbios de Lieja, recordemos), pero el asunto sí que nos recuerda a una encantadora película francesa, muy reciente, Un doctor en la campiña (Médecin de campagne, 2016), de Thomas Lilti, en donde François Cluzet se exprime en una interpretación de médico rural, entregado a sus pacientes las veinticuatro horas del día.

En La chica desconocida tampoco faltan acercamientos al mundo de la violencia, al miedo del inmigrante ilegal, al de los proxenetas, al terror a una expulsión de ese mundo que promete muchos derechos y luego no otorga prácticamente ninguno. A lo largo de todo ello y lo dicho anteriormente, en esa marca de fábrica Dardenne, seca, sin ningún exceso y sin recurrir a elementos que hagan la digestión más agradable, nos vamos acercando al final del largometraje, que de inesperado, solo hemos encontrado esas escaleras en el consultorio o centro de salud, que hay que atravesar para desplazarse al lugar en donde se reconoce a los enfermos, un impedimento físico impensable en la ciudad donde habitamos, y que hubiera merecido multas copiosas por parte de administraciones públicas o judiciales, además de portadas diversas en diferentes periódicos.

Tráiler:

https://youtu.be/ipiwhMeMNmw

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