LA PROFESORA

El sistema

La profesora. Cartel y Ficha Técnica

La última película del director checo Jan Hrebejk se presentó en la Sección Oficial del Festival Internacional de Cine de Gijón, en su última edición. Nos encontramos ante una película muy inteligente, un drama que sin renunciar a elementos tragicómicos, sabe retratar con maestría y precisión los efectos derivados de los sistemas políticos y de las corruptelas que se pueden llegar a alcanzar con una torticera utilización de recursos e influencias generados. El filme nos sitúa en Checoslovaquia, a principios de los años 80, concretamente cuando una profesora, Maria Drazdechova, llega a un colegio de Bratislava para impartir clases de eslovaco, ruso e historia. El lugar y el momento no engañan: estamos en un país, unido por la fuerza y todavía dominado por el pueblo ruso, que imponía un totalitarismo radical, desde un estado ajeno a la identidad cultural e histórica de un país; un régimen controlado por un único partido y en donde cualquier movimiento sospechoso contra el mismo era especialmente vigilado, perseguido y castigado.

Dentro de esa tesitura, nuestra “agradable” profesora protagonista, representada por la actriz Zuzana Mauréry, además de hacerse cargo de una aula en determinadas asignaturas, ostenta el honor de ser la Presidenta del Partido Comunista de la institución en cuestión y es considerada una ferviente sufridora al servicio de la patria soviética, ya que se da la circunstancia de que su marido, militar de profesión, no hace mucho que falleció.

La profesora. Foto 1El realizador, utilizando una forma narrativa que huye de la linealidad, nos muestra los hechos, sus orígenes y consecuencias como un puzzle que se va ensamblando con tino, para enfocar lúcidamente la corruptela, los miedos que acechan a la naturaleza humana, las inseguridades personales que arrancan del sistema y que se acrecientan en aquellos menos comprometidos con la ideología dominante. Por otra parte, el atrezo utilizado, la fotografía y la composición en su conjunto resultan también muy convincentes como retrato de la época en que nos movemos. Y todo ello se hace con un ritmo endiablado, utilizando el tiempo disponible para contar unos hechos, al parecer basado en acontecimientos sucedidos en la realidad, sin huir de elementos incómodos o muy desagradables, en un intento de recreación veraz. Y también lo hace, a pesar de las múltiples circunstancias y personajes que se entrecruzan, con un modelo que consigue la no dispersión y evita la visión parcial del suceso. Los orígenes de la coyuntura, su evolución, consecuencias y magnífico remate, se muestran de una manera sólida y perfectamente conjugada, mérito también de un guion que acierta de pleno en su desarrollo.

Continuando con uno de los elemento que consideramos de mayor valor del filme, el seguimiento de vidas, ambientes y mundos diversos, muy dispares y que reclamarían casi todos ellos un protagonismo unívoco en el largometraje, consigue no caer en rupturas o explicaciones inconclusas o insuficientes. El poder, la corrupción, la enseñanza, los alumnos, sus padres y la inquietud por el futuro propio y de los hijos, se palpa en cada una de las reacciones que va provocando en cada uno, subrayando egoísmo, confusión o dignidad personal cada vez que es necesario.

La profesora. Foto 2Nos enfrentamos ante una manipulación burda explotada de forma maquiavélica, y frente a ella, puede caber la pleitesía, la claudicación, el silencio, o la utilización de fuerzas psicológicas o físicas para combatirla. Destaca igualmente el lastre que acarrea el pasado para algunos personajes, aquellos antecedentes que ya no solo no son borrados penalmente, si es que tienen tal trascendencia, sino que permanecen vivos en la memoria colectiva. Y volvemos al temor por la propia seguridad y la de los próximos, un miedo que se apodera del ambiente de la reunión central, con unos silencios, reacciones e hipocresías que son captadas con habilidad. Dice el director Jan Hrebejk que su película está influenciada por la de Sidney Lumet, Doce hombres sin piedad (12 Angry Men, 1957). Y precisamente, ese miedo que se siente en la reunión de padres de la escuela, nos recuerda directamente al ambiente asfixiante de la película de Lumet entre los miembros de aquel extremecedor jurado, en donde, cada vez que la volvemos a ver, descubrimos una nueva arista del ser humano, generalmente putrefacta. Afortunadamente, todavía existen seres como el inolvidable personaje que interpretó Henry Fonda en la película del estadounidense, aquellos hombres o mujeres que piensan, son conscientes de sus responsabilidades, que no se dejan llevar por la colectividad, y que además, tienen el suficiente carisma y paciencia para luchar por ello contra todo y contra todos. Nos referimos a valientes que intentan sostener una actitud coherente y procuran no doblegarse por muy mal que aceche el destino.

La obra, rodada en su mayor parte en interiores, y con una banda sonora muy marcada, destaca también por el acierto en la interpretación de los actores, tanto de la omnipresente y malévola profesora protagonista, Maria, encarnada por Zuzana Mauréry, como ya se ha indicado, así como la de los padres y la de los niños, que resaltan con naturalidad, seguramente a consecuencia de una buena planificación previa.

La profesora. Foto 3Aunque nos situamos en un momento, situación y circunstancias muy concretas, lo más lamentable es que las mismas son extrapolables universalmente. Y nos quedamos angustiados ante todas aquellas vidas, demasiadas, que se han visto truncadas, o han estado a punto de estarlo, por elementos externos imponderables, en donde el azar resulta obvio. Además, el filme impacta mayormente cuando nos desazonamos por esa infancia, esos niños todavía indefensos, que deben arrastrarse por la humillación, con el apoyo, silencio u oposición de sus progenitores y caer en el más absoluto desamparo y desconcierto. Ya decimos, estamos ante un largometraje para no olvidar y situar en otros sistemas políticos, geográficos y temporales. La podredumbre de la sociedad, la falta de libertad de expresión, incluso de movimiento, la persecución policial, es lógico que produzca desasosiego y que inmovilice, arrastre o silencie ciertas reacciones. Y ya no se trata de hablar de regímenes políticos totalitarios, sino del férreo control por unos cuantos de todas las instituciones, a pesar de que a algunos se les llene la boca con el principio de separación de poderes, ese fundamento básico que debería sostener a las democracias actuales como soporte primordial para el control de la contaminación del sistema, y que, desde luego, en pleno siglo XXI, al menos en aquellos países que conocemos y sufrimos, brilla por su ausencia. En el fondo, somos unos demagogos, pretendiendo que un estado que pomposamente se hace llamar social y democrático de derecho, y estamos hablando concretamente de España, para que no haya dudas, hubiera establecido controles previos para evitar desmanes. Vista la panorámica actual, nos entran ganas de acabar con Francisco de Quevedo, “Yo me soy el Rey Palomo: yo me lo guiso y yo me lo como”.

Tráiler:

 

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