SOLO EL FIN DEL MUNDO

Razones de ida y vuelta

Solo el fin del mundo. Cartel y Ficha Técnica

Hemos acudido con expectación al estreno de la última película del joven realizador canadiense Xavier Dolan (no olvidemos que a pesar de su exitosa trayectoria, cuenta únicamente con veintisiete años). Además de haber obtenido con esta obra el Gran Premio del Jurado del último Festival de Cannes, tenemos la fortuna de conocer la filmografía del director, y ya nos había sorprendido gratamente con largometrajes como Laurence Anyways (2012), o Mommy (2014), dándole vueltas a un mundo obsesivo sobre las relaciones familiares y la sexualidad.

Solo el fin del mundo. Foto 1

Con Solo el fin del mundo, adaptación de una obra teatral de Jean-Luc Lagarce, nos empezamos preguntando al principio del filme por las razones de la falta de contacto mantenido por una familia durante muchos años, y perplejos, acabamos su visionado, también cuestionándonos la verdadera razón del intento de vuelta a la conexión. La película arranca cuando un hombre de treinta y cuatro años, que lleva doce sin ver a su familia directa, madre, un hermano y una hermana, decide volver al lugar en donde residió con ellos hasta los veintidós años, para anunciarles su próxima muerte. Es el inicio de la película, en un viaje de retorno que encierra al protagonista, a Louis, con su familia, en la nueva residencia de la madre, y durante unas horas, son retratados al detalle el carácter de todos y cada uno de sus miembros: del reaparecido Louis, con nombre de rey francés, de su madre, de su hermano mayor Antoine y de su mujer, Catherine, interpretada por la omnipresente actriz Marion Cotillard, sin olvidarnos de la pequeña hermana Suzanne, ahora ya no tan pequeña, a la que apenas tuvo Louis ocasión de conocer. Y como ya imaginarán, la vuelta no es precisamente la de la parábola del hijo pródigo.

Solo el fin del mundo. Foto 2

Estamos ante una película de interiores, apenas unas escenas se ruedan en el exterior, y sin dificultad alguna, podrían haberse también desarrollado en esa modesta casa de campo que termina resultando claustrofóbica, en donde todos los gritos y silencios son posibles, y en donde el histerismo, los nervios y la excitación dominan desde el primer instante. Antes de entrar en ella, Louis llega al aeropuerto, toma café o no, coge un taxi, y se dirige a su destino, a la visita de esa familia con la que no se contactaba ni en la era del móvil, aunque exista cierto esfuerzo del director por situar la historia en cualquier momento y en cualquier lugar. En ese desplazamiento en vehículo público, Xavier Dolan nos regala imágenes del entorno en que nos estamos moviendo, un mundo rural que refleja pobreza, vidas anodinas y existencias monótonas. Unas imágenes que entendemos están excelentemente escogidas, para no dejar cabo suelto y situar a cada cual en su sitio y lugar.

Solo el fin del mundo. Foto 3

Y llegados allí donde nos esperan, no sabemos con qué animo, pero mientras la laca de uñas recién repuesta termina de secarse, el realizador nos introduce, desde ese primer momento, en un espacio que destila amenaza, intrigante, pensamos que con demasiados lastres del pasado; todo ello a través de una cámara que juega a los contrastes, con planos y contraplanos sostenidos, en silencio, escuchando, y deteniéndose en las reacciones que provocan aquellos sucesos que, desconocemos porqué, no han interesado cuando ocurrieron. Pero el problema es que lo que se promete grandioso, se queda estancado, en una puesta en escena que se repite a sí misma, primeros planos de actores en interiores, con intercambios de parejas, que retratan perfectamente un probable presente, pero que deja frustrado al espectador en cuanto al pasado.

Solo el fin del mundo. Foto 4

Los personajes, en el hoy y ahora, en esos momentos en que casi todos o incluso todos no saben porqué ni para qué han llegado a esa situación, son dibujados con gran precisión. Louis, interpretado por Gaspard Ulliel, nuestro protagonista, el que huyó no sabemos porqué, aunque cierta parte intuimos, y nunca ha vuelto, también ignoramos la razón, se presenta como un hombre reservado, de temperamento sosegado, y que deja que nos asalte la duda de que las ganas por volver van más hacia el camino de saborear por última vez objetos y lugares que personas. Antoine, el hermano mayor, al que da vida en pantalla Vincent Cassel, se caracteriza, demasiado histriónicamente, y desde su primera aparición, por su carácter colérico, agresivo, y no precisamente solo con el recién llegado, sino también con la madre, su mujer, la hermana; un retrato de hombre airado, furioso con sus circunstancias e imbuido de envidia y rabia. La madre (Nathalie Baye), bastante tiene en su interpretación con aportar su grado de perturbación y trastorno, con esas ilusiones que se quedaron en el camino, y esos recuerdos magnificados que ocultan fracasos o deseos que ni se cumplieron en su momento, y de los que somos conscientes de que no tendrán su oportunidad futura. En cuanto a Suzanne, la hermana pequeña (Léa Seydoux), demasiado alejada de un pasado que no puede recordar por edad, quizá afortunadamente, consigue actuar a su manera, arrastrada más por la ingenuidad de una imposible ilusión, que por las iras y furias que dominan el ambiente. Y por supuesto, no nos olvidamos de Marion Cotillard, la mujer de Antoine, que en esta ocasión despliega una imagen casi angelical, dulce, candorosa y hasta bobalicona, que choca con el microcosmos que le rodea.

Solo el fin del mundo. Foto 5

El largometraje recurre en algunas ocasiones, en pocas, a ciertos flashbacks que tampoco aportan demasiado para completar o explicitar motivos, acaso ocultos. Estamos ante una obra que promete, y mucho, y no nos queremos olvidar de su acertada fotografía, que juega con velos e imágenes difusas cuando la situación lo requiere, en unos tonos con luces y sombras muy cuidados y atrayentes. Pero lo prometido en los inicios del filme, se queda en eso y nos deja en deuda, lastrado por una configuración que permanece constreñida excesivamente en su origen teatral, acude al recurso fácil y chocante de la exageración como medio de expresar sentimientos profundos, y que en su parte argumental da mucho menos de lo que se va esperando de ella. Por lo menos, sirve para recordarnos que las horas con las que contamos cada vez son menos, y probablemente insuficientes, a poco que nos distraigamos, para subsanar o enderezar ciertas situaciones, por muy dolorosas que sean las circunstancias. Nos quedamos con ese pájaro mortalmente herido, ya fuera del tiempo que marcan los relojes, incapacitado para volver a remontar cualquier otro vuelo, a pesar de sus intentos por revolverse contra el destino.

Tráiler:

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