TAMARA Y LA CATARINA

 

Soledad y pobreza

 

Tamara y la Catarina. Cartel y Ficha Técnica

Tras los largometrajes Nos vemos papá (2011), y La casa más grande del mundo (2015), la realizadora mexicana Lucía Carreras vuelve con una nueva obra, Tamara y la Catarina, que nos ha parecido una pequeña joya intimista, que acerca a un mundo de desfavorecidos, golpeados por el destino y sus circunstancias, cuyos mayores anhelos se centran en desear y luchar porque el día siguiente no sea peor que el anterior. Y el entorno elegido para este filme es, nada más y nada menos, que la ciudad de México DF, una urbe con veintidós millones de habitantes, en donde la miseria más profunda alarga su mano en una aglomeración de habitáculos desolados.
La ruina en medios materiales del entorno, es reflejada cinematográficamente a través de una fotografía pálida, gris, sin brillo ni sofisticación alguna, con tonos desprovistos de saturación, y con una puesta en escena repleta de edificios prácticamente en ruinas, agolpados y aglutinados de tal forma que parecen no dejar hueco que permita el simple respiro. Mobiliario, camas, cruces, baños e incluso móviles aparecen sacados del baúl de los recuerdos.

Tamara y la Catarina Foto1

La historia, pequeña y grande, gira alrededor de tres personajes, las dos féminas a cuyo nombre alude el título, y una tercera, Doña Merche. La primera, Tamara, es una mujer limitada en capacidades mentales, que apenas consigue, dentro de sus mermadas posibilidades, salir adelante, tanto con su propio trabajo de empleada en una cafetería, como en el cuidado y aseo personal de sí misma. Está interpretada por Ángeles Cruz, desarrollando una actuación que conmueve, con su torpeza física, sus silencios, y sus expresivos gestos. La segunda, Catarina, es un bebé “encontrado” por Tamara en plena calle, a la que su retraso mental le impide tener conciencia de los límites entre nuestros impulsos y lo abominable. Precisamente, el nombre de la cría, Catarina, significa cucaracha en México, y llega a establecer la simbiosis que en la mentalidad de Tamara se produce entre un juguete y un bebé, elementos ambos que nos producen atracción, nos entretienen, pero a los que debemos de cuidar, además de pasear. La tercera protagonista es la vecina Doña Merche, una mujer anciana que malvive con un puesto callejero de venta de empanadas, en eterna espera de noticias de ese par de hijos, que emigraron al norte en busca de la prosperidad. Se retrata a una mujer que lleva el sufrimiento con ella, sin queja alguna, aceptando, que remedio, las circunstancias, e intentando alcanzar metas que se asemejan inalcanzables, como cumplir con esas exigencias de cohechos policiales, que, vaya la casualidad, su origen termina recayendo en altos mandos, aunque luego sean, precisamente, los que salgan sin mácula alguna. Bueno, esa historia ya nos la conocemos, por lo menos en España.

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Precisamente, se acaba de hacer público el palmarés del Festival de Cine Iberoamericano de Huelva, y el premio a la Mejor Actriz la ha conseguido Angelina Peláez, que encarna a Doña Merche, ex aequo con Ángeles Cruz, nuestra Tamara en esta obra. Ambas llegan a alcanzar un inmenso trabajo, en donde conmueven tratando su invisibilidad y problemáticas con enorme solidaridad. También Lucía Carreras ha conseguido alzarse en el certamen con el premio a la Mejor Dirección.
Estamos ante una película muy silenciosa, en donde se imponen las miradas, los portes y ademanes, en donde la banda sonora prácticamente está compuesta por el constante ladrido de los perros del vecindario, y los lloros de Catarina. Dentro de ese triste y empobrecido entorno en donde nos movemos, destaca ese Café a la mexicana de Doña Amalia, no de Doña Amelia, que nos recuerda, aunque no terminamos de entender plenamente el porqué, al lenguaje del pintor estadounidense Edward Hopper, quizá por su estatismo de imagen cotidiana urbana de carácter realista, en donde el espacio se apodera de la composición, aunque en esta ocasión dominado por sus tonos pálidos y apagados, pero atreviéndose, en ese espacio de soledad, ofrecer café expreso, americano, o incluso turco, a su único cliente.

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El final, paradójicamente, resulta desolador. No es fácil aceptar lo inaceptable, aunque parezca o se vaya mostrando como el camino más natural, y el miedo a las autoridades y sus consecuencias se experimenta, e incluso se cristaliza en alguna escena del filme, en donde el racismo y la intolerancia estallan espontáneamente.
Tamara, estremece como esa mujer que enterró a su madre, también a su lagartija, que no encuentra a su hermano, y que encima, deberá soportar esa experiencia, que por supuesto, solo puede acabar siendo traumática. La soledad no buscada es mala, muy mala, y cuando las condiciones para mantenerla son ínfimas, convierten a la existencia en pura supervivencia, sin mayores alegrías que escapar de la pura rutina, a pesar de que se consiga a costa de mucho y de muchos. Porque el panorama únicamente es retratado desde un lado, ignoramos el otro, aunque no necesitamos en absoluto que se nos muestre. La película se rellena en sí misma, con Tamara, Catarina y la vecina Merche, esa camaradería que es posible que surja, también entre los más desfavorecidos.

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Estamos ante un filme muy recomendable, con un final, ya decimos, desolador para el espectador, aunque esperamos y deseamos que no lo sea también para el destino de todos nuestros protagonistas, aunque, probablemente, deberíamos hablar únicamente en singular.
Curiosamente, en las últimas semanas hemos visto bastantes largometrajes muy interesantes cuyo eje central giraba en niños separados de su entorno natural, aunque las propuestas fílmicas vividas aportaban muy diferentes puntos de vista sobre el asunto, como las españolas La madre, de Alberto Morais, La próxima piel (La propera pell), de Isaki Lacuesta e Isa Campo, la brasileña Madre solo hay una (Mãe só há uma), de la realizadora Anna Muylaert, o la italiana Locas de alegría (La pazza gioia), dirigida por Paolo Virzì. Afortunadamente, el poder y saber aportar miradas diferente sobre un eje central, es lo interesante del cine y de la vida. Por este camino, nunca nos cansaremos de propuestas que recurren al mismo punto de partida como primera inspiración, pero que luego despiertan y desarrollan gran diversidad de inquietudes.
Hemos empezado diciendo que en Tamara y la Catarina estamos ante una pequeña joya, y así queremos acabar, quedándonos tristes y pensativas con Tamara, Doña Merche y Catarina, que nos acercan a un mundo que no conocemos pero que existe, sufre, y agoniza desde otros muchos ámbitos, no solamente los que la directora ha tenido interés y tiempo en mostrarnos.

Tráiler:

 

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