THE SQUARE

Muchas preguntas, demasiadas respuestas

The Square. Cartel y ficha técnica

El director sueco Ruben Östlund consiguió con esta obra, su quinto largometraje, la Palma de Oro del Festival de Cannes. Obtuvo visibilidad internacional por su anterior película, Fuerza mayor (Force Majeure, Turist, 2014), con el Premio del Jurado de la sección Un Certain Regard, en el mismo festival. Ruben Östlund vuelve a no decepcionar, esta vez con un filme que baraja situaciones insólitas, disparatadas o inconcebibles inicialmente. En Fuerza mayor nos situaba en un hotel de lujo en los Alpes, con una trama que va explotando poco a poco, tras un incidente inicial, casual pero muy impactante. Con The Square, nos ubicamos en Estocolmo y nos movemos por el mundo del arte moderno, museos, sus dirigentes, mecenas, público o artistas.

Como en la ocasión anterior, a Östlund no le corre prisa alguna en ir plasmando acontecimientos, no demasiados pero muy sobresalientes, en la configuración de climas de tensión e incomodidad. Para ello, se apoya en una cámara muy fija, mucha conversación de plano/contraplano y un alargamiento de las imágenes hasta convertir puras payasadas o malos tragos en momentos indeseables. Tiempo diegético y real se dan la mano en unas cuantas situaciones, sin importar si se dedican treinta minutos del filme a una performance absurda a la que da la impresión que asistimos en directo, que por cierto, termina escapándose de las manos.

The Square. Foto 1

El cuadrado del título, como inmediatamente se enterarán si ven la película, se corresponde con el nombre de la próxima e inminente exposición que el  museo de arte moderno y contemporáneo en donde se desarrolla el filme está ultimando. Se trata de una figura geométrica cuyo lema resulta muy evidente y metafórico. Una vez dentro de su perímetro, podríamos decir que cobra carta de naturaleza la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789, cuyo artículo 1º proclamaba la igualdad de todas las personas en libertad y derechos desde su nacimiento. Ya se imaginarán que nos encontramos ante pura retórica. El mundo de la pobreza, el de la mendicidad o el de la estupidez de los adinerados con inquietudes artísticas van sucediéndose y tomando cuerpo a lo largo de todo el largometraje. Por cierto, no está de más remarcar esa igualdad de derechos desde el nacimiento que consensuaron los revolucionarios galos, precisamente en una “fecha tan entrañable” como la de hoy, que nos recuerda que en España seguimos sin la posibilidad de elegir a nuestro (¿nuestra?) máximo representante político. Y ni a sus antecesores, ni a sus sucesores. Máximas felicitaciones a nuestro soberano que, de lo que estamos seguros, es que le depara un futuro libre de juicios o condenas que puedan siquiera amargarle un poco. Adoramos su cercanía a la divinidad, al ser otorgado con la inestimable gracia de la inviolabilidad eterna.

Volviendo al filme de Östlund, mucho más enriquecedor que la existencia de Borbones a cargo de nuestros impuestos, la distinción entre lo que se entiende como una obra de arte y lo que resulta una tomadura de pelo va tomando cuerpo. Y lo hace con escenas que a veces resultan inconexas, pero cobran su sentido global en un final, que no es tal, porque no puede serlo. Vemos monos, hombres monos y verdaderos especímenes humanos con menos seso que un mosquito.

The Square. Foto 2

Llama en demasía la atención (ya lo hacía en Fuerza mayor), esa calma que se toma el autor y guionista en la narración de hechos. La elaboración de su discurso lleva su propio ritmo. Y si alguna pega le hemos de poner al mismo, es que no hace ninguna gracia y parece que a veces lo pretende. Los límites entre el humor negro, la ironía, la  comedia o la chabacanería resultan muchas veces difusos. En esta obra, se rozan lo límites, pero entendemos que no llegan a traspasarse. El sentido crítico del filme se impone frente a otras posibles lecturas. La ambigüedad también puede venir arrastrada por lo que de pretenciosidad en autoría conlleva tantos temas sin clausuras claras. No obstante, son inconvenientes pequeños frente a un largometraje muy potente y que, de entre sus lecturas, encontramos la mejor en el retrato sobre los límites de la libertad de expresión y lo políticamente correcto. ¿Es posible que el filme haya molestado a ciertos sectores por esa explicitud?

Nos abruma esas asunciones de responsabilidad sin antecedentes evidentes de culpabilidad. Por nuestras tierras no estamos acostumbrados. Y también nos gustaría poseer ruedas de prensa tan incisivas y sin cortapisas en tiempo o preguntas, como las suecas, al menos según se presentan en la ficción. Y de obras de arte hablamos sí, pero cuyo valor puede oscilar entre una gama infinita, en cuanto los problemas aparecen. Y también nos encontramos con un reflejo lamentablemente real: la concienciación de pertenencia a una clase que se considera a sí misma élite, en un escalón mucho más alto e inaccesible al resto de mortales. Vemos a una aristocracia sin vergüenza ni necesidad de justificarse, dotada del máximo peso. Olvídense de atrocidades estéticas.

The Square. Foto 3

Si Ruben Östlund ha pretendido descolocarnos con sus excesos en esta película lo ha conseguido, sin apartarnos del interés que al mismo tiempo nos ha despertado. No olvidamos excelentes escenas, inauditas, como la de semen tuyo o mío, la de la mendiga que quiere el  bocadillo sin cebolla o esa metáfora del cuadrado en donde las niñas se esfuerzan en su  baile rítmico. Todo demasiado estúpido y harto creíble. O esos discursos no ya por justificación, sino convencidos de que la distinción entre clases sociales es necesario que exista. Sí, en definitiva, un panorama del capitalismo en su  crudeza, sin concesión alguna. Un cuadro cuadrado que se va encerrando con el color de la descomposición. Triste mundo occidental, que aunque lo pretenda, no puede dejar de convivir con las propias miserias que él mismo ha creado. Convivir juntos, de acuerdo, pero no revueltos.

Tráiler:

https://www.youtube.com/watch?v=2jo5ZQ-lcEw

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